Partido del Trabajo de Colombia

Colombia

Aunque sus antecedentes se remontan a los antiquísimos pueblos y culturas americanas, la moderna nación colombiana tuvo su punto de arranque en el Nuevo Reino de Granada, establecido por la Conquista española, convertido dos centurias más tarde en Virreinato. Mediante la Guerra de Independencia de España liderada por Simón Bolívar, en Colombia se estableció la república en 1821, junto con Venezuela y Ecuador, en el seno de la Gran Colombia, que se desintegró en 1830 con la separación de las dos últimas.

Desde fines del siglo XIX, el monocultivo del café para la exportación caracterizó al país en el conjunto de la economía internacional; aunque en el siglo XX alcanzó un muy incipiente nivel de industrialización, hoy exporta principalmente petróleo y otros productos primarios y constituye uno de los países de tamaño mediano de América Latina. Panamá fue cercenada del territorio en 1903 mediante la presión imperialista de los Estados Unidos.

A partir de esa fecha, Colombia ha girado en la órbita de la dominación norteamericana con las secuelas del atraso económico, la pérdida de la soberanía nacional y la miseria para la inmensa mayoría de sus habitantes, con la complacencia de los gobiernos oligárquicos que manejaron el país durante el siglo XX. Los sectores dirigentes del país se agruparon históricamente en los partidos liberal y conservador, dos de las agrupaciones políticas más antiguas del continente –conformadas en la primera mitad del siglo XIX-, y hoy se hallan en plena decadencia.

La clase obrera colombiana surgió y se desarrolló inicialmente desde el amanecer del siglo XX en los puertos, ferrocarriles y servicios públicos, en las plantaciones bananeras y la industria textil y en las explotaciones petroleras de capital norteamericano. Desde entonces ha librado históricas batallas en pro de los recursos naturales del país, la democracia, el interés público y de sus propias reivindicaciones y las del conjunto del pueblo así como en solidaridad con otros pueblos y naciones del mundo entero.

El Partido

El Partido del Trabajo de Colombia adoptó su nuevo nombre hace apenas dos años y tuvo su origen en el MOIR, Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario, organizado en 1969 inicialmente como una central sindical de trabajadores y luego como partido político bajo la dirección de su fundador y máximo líder, Francisco Mosquera. El moirismo, como fuerza política y teoría de la revolución colombiana de carácter marxista-leninista y maoísta, provenía a su vez de la primera organización antiimperialista del período de posguerra fundada en Colombia, el MOEC –Movimiento Obrero Estudiantil Campesino- en 1959, en la época del Frente Nacional de los dos partidos tradicionales de la oligarquía.

El guerrillerismo y las aventuras extremoizquierdistas al margen de la lucha de masas, el desconocimiento del país y la carencia de una teoría sobre nuestra revolución, al igual que de una actividad basada en los propios recursos, dieron al traste con aquel primer intento. No obstante, aportó las acertadas ideas de señalar la dominación imperialista norteamericana como obstáculo principal del progreso del país, propugnar la creación de una fuerza política independiente de los dos partidos tradicionales e identificar la vía revolucionaria como salida a los problemas de la nación.

Sobre esta base, y la de la crítica a los graves errores cometidos, Francisco Mosquera emprendió la construcción de una nueva corriente revolucionaria a partir de 1965 cuyas características principales fueron la decisión de construir un partido de clase a partir del trabajo en el movimiento obrero, el reconocimiento de que los sectores populares en Colombia afrontaban un período de acumulación de fuerzas, sin condiciones inmediatas para una lucha de tipo insurreccional, y de una estrategia de frente único de liberación nacional para llevar a cabo una revolución democrático –nacional contra el yugo norteamericano. En el plano internacional, se respaldó la línea preconizada por el Partido Comunista Chino, en aquel entonces bajo la dirección del presidente Mao Tsetung, en su lucha contra la revisión del marxismo adelantada por los dirigentes del PCUS y contra el expansionismo de la Unión Soviética.

A través de un período que se prolongó hasta comienzos de los años ochenta, de formación de la línea, de forja y temple de la dirección partidaria y de expansión y ascenso del moirismo a escala nacional, principalmente mediante el aprovechamiento de la lucha política, el Partido vivió una época de crecimiento organizativo y de acrecida influencia. Afincado en la construcción partidaria entre la clase obrera, pudo orientar memorables batallas en el movimiento estudiantil y tomar la crucial decisión de participar en la lucha electoral y parlamentaria.

Una legión de jóvenes provenientes de tales luchas jugó desde el inicio de los años setenta un papel decisivo en la extensión nacional del moirismo y en la conformación de la estructura de sus cuadros dirigentes. Al frente de aquella formidable inyección de energía vital a las filas moiristas marchó el entonces secretario de su organización juvenil, Marcelo Torres, el actual Secretario General del PTC. Los moiristas, bajo la conducción de Francisco Mosquera, realizaron un valioso aporte ideológico y político a la más importante coalición de fuerzas de izquierda del decenio de 1970 en Colombia, la UNO, Unión Nacional de Oposición. En primera línea, en las calles y al lado del pueblo, libraron también la más grandiosa jornada de esa época, la del paro cívico nacional de 1977.

El turbión de violencia que azotó a Colombia en los ochenta, en un contexto general en que las fuerzas prosoviéticas todavía pugnaban por ganar terreno en Centroamérica y el Caribe, si bien su avance ya había cesado, constituyó una época de máximas dificultades y de dura prueba para el moirismo. La expansión e influencia de tales fuerzas por todo el país bajo la sombrilla de un fracasado proceso de paz durante el gobierno de Belisario Betancur, conllevó el inevitable repliegue de los destacamentos moiristas de las zonas rurales –luego del asesinato de varios de sus cuadros por agrupaciones guerrilleras- donde adelantaba un trabajo de organización de cooperativas campesinas.

Tan complejas circunstancias llevaron a que demandara públicamente del Estado, sin mayores resultados, garantías para la actividad y la vida de sus militantes, amenazados por un proselitismo armado adelantado al amparo del proceso de paz, civilización de la contienda política e igualdad ante la ley para todos los partidos y a que uniera esfuerzos en tal dirección con fuerzas democráticas y sectores afectados por la crítica situación del país.

De dicha época data también el surgimiento y la generalización a todo el país de huestes armadas autodenominadas de “autodefensa”, apoyadas por terratenientes y grandes capitalistas, que el país conoce desde entonces como grupos paramilitares, sobre todo por sus terribles represalias, contra individuos o comunidades enteras, a quienes sindica de colaboración con las organizaciones insurgentes. Aún en condiciones tan adversas, los efectivos del moirismo tuvieron una significativa participación en la creación de una nueva central obrera en Colombia, la CTDC, Confederación de Trabajadores Democráticos de Colombia- que poco después al fusionarse con la CGT se denominó CGTD –Confederación General de Trabajadores Democráticos de Colombia.

El derrumbe soviético, el comienzo del período neoliberal y nuevas conversaciones de paz en Colombia –pronto frustradas- abrieron en la perturbadora situación nacional un breve paréntesis que no tardó en cerrarse. Así, Colombia entró en los noventa a un nuevo período de la vida nacional, bajo la sombra del neoliberalismo y la “apertura económica” impuestos por el Consenso de Washington, pero sin liberarse, ni mucho menos, del viejo flagelo de la violencia.

En el último decenio del siglo XX y en lo que va de la presente centuria, Colombia , como los países de América Latina y del resto del Tercer Mundo, padeció los rigores de la “economía de mercado” y la globalización imperialista. La apertura del mercado de bienes y de capitales, la liberalización del sector financiero, la brutal arremetida contra los derechos y conquistas de los trabajadores, la privatización de las mejores empresas y entidades estatales y su traspaso a manos de las multinacionales, la reducción sustancial del gasto social y la desregulación de la economía, trajeron la postración del país y el peor empobrecimiento de su historia.

Sin embargo, desde el inicio de tan oscuro pasaje, en una serie de textos tan demoledores como clarividentes, el jefe del moirismo, Francisco Mosquera, desentrañó no sólo el sentido del vuelco planetario en marcha, las características y el fondo de la “apertura económica” y el modelo neoliberal, sino que trazó la línea táctica general de frente único de salvación nacional para Colombia, más amplio que en las etapas históricas precedentes, y precisó que la resistencia civil del pueblo es la forma de lucha principal del período. Armados con este desarrollo de la teoría revolucionaria y aplicándola a las condiciones concretas del país, los moiristas supieron sortear los crecientes escollos y viscisitudes de la nueva época de repliegue general hasta la muerte del fundador del Partido en 1994.

Tras tan infausto suceso, emergió en la dirección del Partido la malsana tendencia que, en contravía de las tesis planteadas por Mosquera para los tiempos del neoliberalismo, dió en reducir la política de alianzas a los sectores de izquierda, en ampliar el blanco de ataque a fuerzas susceptibles de incorporarse a la resistencia civil, en menospreciar la lucha en defensa de la democracia burguesa y minimizar la vigencia política de la lucha parlamentaria, y en reemplazar la lucha ideológica por el centralismo burocrático en las relaciones internas.

Todo lo cual configuró un recrudecido brote de infantilismo de “izquierda”, una inaceptable contramarcha en el desarrollo ideológico del moirismo hacia tiempos y actitudes superados precisamente con su nacimiento. A tamaña involución se opuso la corriente encabezada por Marcelo Torres y un grupo de cuadros dirigentes que aglutinó la mayoría del Partido, desatándose una aguda pugna. Ante la pérdida del escaño de Senado, derivada del disparate de dividir las fuerzas del Partido para las elecciones de Congreso de 1998, y al imperdonable desatino de negarse a concentrar el ataque público en las elecciones presidenciales de ese año en Andrés Pastrana, el candidato de Estados Unidos y quien saliera elegido a la postre, las discrepancias desembocaron en una inevitable ruptura.

La adopción del nombre del PTC vino a constituir la culminación de una lucha interna de varios años en defensa de la línea táctica general elaborada por Francisco Mosquera. Fue justamente el líder del Partido quien propusiera dicho nombre desde la época de la fundación del mismo. La nueva sigla, PTC, va seguida de la denominación “moirista” como vínculo indisoluble con la historia de la cual proviene.